
VIVA LA
LIBERTAD. LA LIBERTAD VIVE?
A diario vemos
como se banalizan conceptos muy caros a nuestro sentir. La libertad es uno de
los más preciados. Para lograrla, para mantenerla, para recuperarla, corrió
mucha sangre.
Durante el
terrorismo de Estado la lucha para recuperar la democracia y con ella la libertad
costó 30 mil desaparecidos, asesinatos, torturados, exiliados. Cuántos de los
actuales “libertarios” participaron en esa contienda?
Un
artículo experimentalmente articulado con IA se refiere al tema. No es muy
severo al analizar los parámetros económicos y los excluidos del sistema, pero conceptualmente
aparece al menos aceptable.
De Alberdi
a Milei: del liberalismo argentino al libertarismo en el poder
Una vieja
idea con un nuevo nombre
El
libertarismo argentino parece, a primera vista, una novedad. Tiene un lenguaje
propio, una estética política novedosa, una presencia extraordinaria en las
redes sociales y un liderazgo que hasta hace pocos años parecía imposible:
Javier Milei.
Pero las ideas
que lo alimentan no nacieron con Milei.
La defensa de
la libertad individual, de la propiedad privada, de la iniciativa privada y de
la limitación del poder estatal tiene una larga historia en la Argentina. Sus
raíces pueden encontrarse en el siglo XIX y, particularmente, en Juan Bautista
Alberdi, cuya obra fue decisiva para la organización constitucional de la
República.
También
durante el siglo XX existió una tradición liberal que, aunque minoritaria en
términos electorales, tuvo una importante influencia intelectual. Las obras de
Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, la Escuela Austríaca y, en Argentina, la prédica
de Alberto Benegas Lynch y otros autores contribuyeron a construir una
corriente que colocó en el centro la propiedad privada, el mercado y la
limitación de la intervención estatal.
Pero una cosa
es defender la libertad frente al poder y otra muy diferente es convertir al
Estado en el enemigo casi absoluto de la sociedad.
Y allí
comienza la discusión sobre Milei.
La pregunta
fundamental no debería ser simplemente si Milei es liberal o libertario.
La verdadera
pregunta es otra:
¿qué clase
de libertad propone y para quién?
Alberdi no
fue Milei
Milei
reivindica a Alberdi como uno de sus grandes referentes intelectuales. Y es
comprensible.
Alberdi fue
uno de los grandes pensadores argentinos del siglo XIX. Quería limitar el poder
estatal, proteger la propiedad, garantizar las libertades individuales y crear
las condiciones para el desarrollo económico.
Pero hay una
diferencia fundamental que no debería perderse de vista.
Alberdi
quería limitar el Estado; no quería destruirlo.
Necesitaba un
Estado capaz de organizar jurídicamente la Nación, garantizar la seguridad,
administrar justicia y crear las condiciones institucionales para el
desarrollo.
El
constitucionalismo liberal no nació para eliminar el Estado.
Nació para someterlo
a la Constitución y limitar su poder.
Esta
distinción es fundamental.
Porque el
Estado que reconoce la propiedad privada es el mismo que debe garantizar los
contratos.
El Estado que
protege la libertad de comercio es el mismo que debe garantizar que nadie pueda
ser privado arbitrariamente de sus bienes.
El Estado que
reconoce la libertad individual es el mismo que debe proteger al ciudadano
frente al abuso del poderoso.
Por eso,
reducir el debate a "Estado versus libertad" constituye una
simplificación.
El verdadero
problema liberal siempre fue otro:
cómo
construir un Estado suficientemente fuerte para garantizar derechos y
suficientemente limitado para no convertirse en una amenaza contra ellos.
Del
liberalismo al libertarismo
Durante el
siglo XX, la tradición liberal argentina permaneció en buena medida en el
terreno de las ideas.
La situación
cambió con Milei.
La Escuela
Austríaca, Mises, Hayek y los autores libertarios dejaron de ser referencias de
círculos intelectuales relativamente reducidos y pasaron a formar parte del
discurso político cotidiano.
Milei
consiguió algo extraordinario: transformar una doctrina que durante décadas
había sido marginal en una fuerza electoral capaz de conquistar el gobierno
nacional.
Su discurso
encontró un terreno particularmente fértil.
Inflación.
Pobreza.
Déficit
fiscal.
Corrupción.
Desconfianza
hacia la dirigencia política.
Cansancio
frente a un Estado que muchas veces había demostrado ser ineficiente y, en
determinados casos, corrupto.
La consigna
contra "la casta" condensó todo ese malestar.
Y sería un
error negar que allí existía una demanda social real.
Pero una cosa
es explicar por qué el libertarismo llegó al poder y otra evaluar qué hace con
ese poder.
La libertad
que termina en el supermercado
Aquí aparece
la cuestión social.
La discusión
económica no puede reducirse a los números de inflación, déficit o crecimiento.
También hay
que mirar qué ocurre con los ingresos de las personas.
Porque la
libertad económica no significa solamente poder contratar, comprar o vender.
También
significa tener recursos para poder hacerlo.
Una persona
puede ser jurídicamente libre para elegir qué comer.
Pero si no
tiene dinero suficiente para comprar alimentos, esa libertad es puramente
formal.
Puede ser
jurídicamente libre para elegir un médico.
Pero si no
puede pagar los medicamentos, su libertad se encuentra severamente
condicionada.
Puede ser
libre para elegir dónde vivir.
Pero si el
alquiler consume la mayor parte de sus ingresos, esa libertad tampoco es
comparable con la de quien dispone de recursos suficientes.
La libertad
económica no puede medirse únicamente por la ausencia de prohibiciones.
También debe
medirse por la existencia de condiciones materiales mínimas que permitan
ejercerla.
Los números
cuentan una historia más compleja
Sería
intelectualmente deshonesto desconocer que algunos indicadores económicos
mejoraron.
La economía
argentina muestra una recuperación respecto de la profunda crisis de 2024. El
INDEC informó que el PIB del primer trimestre de 2026 aumentó 2,3% interanual.
La pobreza
también descendió.
En el segundo
semestre de 2025 fue del 28,2% de la población y la indigencia alcanzó al 6,3%.
Es una reducción significativa frente a los niveles registrados durante 2024.
Pero esos
datos no permiten concluir que el problema social haya desaparecido.
28,2% de
pobreza sigue significando una sociedad profundamente desigual.
Y el dato debe
leerse junto con otros.
En mayo de
2026 el índice de salarios registró una variación interanual del 35,9%.
La canasta
básica total, por su parte, había aumentado 34,9% interanual en mayo.
Y el RIPTE
alcanzó $1.915.878 en junio de 2026.
Son datos que
permiten hablar de cierta recuperación nominal y, en algunos sectores, real.
Pero hay otra
Argentina.
La de quienes
no tienen capacidad de negociación.
La de los
jubilados.
La de los
trabajadores informales.
La de quienes
viven de ingresos fijos.
La de quienes
no pudieron trasladar rápidamente el aumento del costo de vida a sus ingresos.
El jubilado
y la paradoja libertaria
El caso de los
jubilados resulta particularmente revelador.
Desde abril de
2024, el Gobierno modificó el mecanismo de movilidad y las jubilaciones
comenzaron a actualizarse mensualmente de acuerdo con la inflación.
Sin embargo,
la recuperación nominal no significó necesariamente la recuperación de todo el
poder adquisitivo perdido.
Según datos
publicados en junio de 2026, la jubilación mínima con bono alcanzaba $481.948 y
permanecía aproximadamente 9,2% por debajo, en términos reales, de noviembre de
2023.
Aquí aparece
una contradicción difícil de ignorar.
El discurso
libertario sostiene que el Estado no debe intervenir en la economía.
Pero cuando se
trata de quienes viven de un salario o de una jubilación, el Estado tiene una
enorme capacidad para determinar las condiciones en que esas personas reciben
sus ingresos.
Y entonces
surge una pregunta incómoda:
¿dónde termina
la intervención estatal y dónde comienza la libertad?
No existe
libertad económica cuando la desigualdad de poder es extrema
La tradición
liberal suele partir de una idea correcta: las personas deben ser libres para
contratar.
Pero el
derecho laboral nació precisamente porque se descubrió que dos personas
formalmente libres pueden encontrarse en situaciones de poder completamente
diferentes.
El trabajador
necesita su salario.
La empresa
necesita trabajo.
Pero no siempre
están en condiciones equivalentes de negociación.
Por eso
surgieron las normas sobre salario mínimo, jornada laboral, vacaciones,
indemnizaciones, negociación colectiva y seguridad social.
No fueron
inventadas para destruir la libertad.
Fueron creadas
para impedir que la libertad contractual terminara siendo la libertad del más
fuerte.
Y aquí aparece
una de las contradicciones más importantes del libertarismo contemporáneo.
Si el Estado
se retira de la protección del trabajador mientras conserva instrumentos para
intervenir sobre sus ingresos, la ausencia de regulación puede convertirse en
una forma de regulación.
El Estado no
desaparece.
Cambia de
lugar.
El Estado
que se retira de unos y permanece sobre otros
Esta debería
ser una de las preguntas centrales de cualquier evaluación del proyecto
libertario.
No basta con
preguntar:
¿Cuánto
Estado hay?
Hay que
preguntar:
¿Dónde está
el Estado?
Porque puede
retirarse de determinadas actividades mientras mantiene una fuerte capacidad de
decisión sobre otras.
Puede reducir
determinadas políticas públicas y, al mismo tiempo, mantener mecanismos de
regulación sobre salarios, jubilaciones o gasto social.
Puede liberar
determinados precios y mantener otros regulados.
Puede reducir
impuestos en algunos sectores y aumentar la carga relativa sobre otros mediante
impuestos al consumo.
Por eso la
cuestión no es simplemente "Estado sí" o "Estado no".
La verdadera
discusión es:
¿para quién
interviene el Estado y para quién deja de intervenir?
La miseria
no puede convertirse en una variable de ajuste
Una sociedad
puede necesitar un programa de estabilización.
Puede
necesitar reducir el déficit.
Puede
necesitar terminar con la inflación.
Puede
necesitar revisar gastos públicos ineficientes.
Puede
necesitar eliminar privilegios.
Todo eso puede
discutirse seriamente.
Lo que no puede
aceptarse sin discusión es que el costo de esas transformaciones recaiga
siempre sobre quienes tienen menor capacidad para defenderse.
Porque
entonces aparece una pregunta moral y constitucional:
¿quién paga
el precio del ajuste?
La reducción
de la inflación es un objetivo legítimo.
El equilibrio
fiscal también.
Pero ninguno
de esos objetivos convierte automáticamente en legítimo cualquier medio
utilizado para alcanzarlos.
La
Constitución no desaparece cuando hay déficit fiscal.
Los derechos
tampoco.
La libertad
no puede ser solamente libertad para quien tiene dinero
Éste es,
quizás, el núcleo de la crítica.
Una concepción
exclusivamente económica de la libertad puede terminar confundiendo dos cosas
diferentes:
la libertad
jurídica y la libertad efectiva.
Todos somos
jurídicamente libres.
Pero no todos
tenemos las mismas posibilidades reales.
El empresario
que puede esperar seis meses para concretar una operación no está en la misma
situación que quien necesita cobrar su salario mañana para comprar alimentos.
El propietario
de capital que puede trasladar sus inversiones no está en la misma situación
que el jubilado que depende de una prestación mensual.
El consumidor
que puede elegir entre diferentes servicios no está en la misma situación que
quien debe aceptar el único servicio que puede pagar.
La igualdad
ante la ley no significa que las personas tengan iguales condiciones
económicas.
Precisamente por
eso existe el Estado social y constitucional.
No para
eliminar las diferencias.
Sino para
impedir que las diferencias económicas se transformen en desigualdades de
derechos.
La paradoja
de la motosierra
La motosierra
fue una de las imágenes más poderosas del ascenso de Milei.
Representaba
la promesa de cortar con el gasto, la burocracia y los privilegios.
Pero existe
una paradoja.
Para utilizar
la motosierra hay que tener el poder político suficiente para hacerlo.
Y para hacerlo
legítimamente hay que respetar la Constitución.
El
libertarismo, convertido en gobierno, descubre entonces aquello que toda
democracia constitucional sabe:
el poder
que se utiliza para reducir otros poderes también debe tener límites.
Porque el
problema liberal no es solamente el tamaño del Estado.
Es la
concentración del poder.
Y ningún
gobierno debería quedar exceptuado de esa regla.
El mercado
no es una Constitución
Hay otra
diferencia fundamental.
El mercado
distribuye bienes de acuerdo con determinadas reglas.
La
Constitución distribuye poder.
El mercado
pregunta quién puede comprar.
El derecho
pregunta quién tiene derechos.
El mercado
puede establecer precios.
La
Constitución establece límites.
El mercado
puede generar riqueza.
Pero no
determina por sí mismo qué derechos debe tener una persona.
Confundir
ambas dimensiones supone otorgarle al mercado una función que nunca tuvo.
El mercado
puede ser extraordinariamente eficiente.
Pero no puede
reemplazar a la democracia, al derecho ni a la Constitución.
La libertad
también necesita un Estado
Aquí volvemos
a Alberdi.
La tradición
liberal argentina más profunda no debería buscar simplemente la desaparición
del Estado.
Debería buscar
un Estado limitado, republicano, eficiente y sometido a la ley.
Un Estado que
no sea dueño de la vida de los ciudadanos.
Pero que
tampoco los abandone cuando se encuentran en una situación de extrema
vulnerabilidad.
Porque la
libertad necesita jueces.
Necesita
seguridad.
Necesita
educación.
Necesita
reglas.
Necesita
contratos.
Necesita
derechos laborales.
Necesita
seguridad social.
Necesita
instituciones.
Y todas esas
cosas requieren, de una manera u otra, de un Estado.
La cuestión no
es eliminarlo.
Es impedir que
abuse de su poder y conseguir que lo utilice para garantizar derechos.
¿Una nueva
libertad o una nueva desigualdad?
El experimento
libertario argentino merece ser observado con seriedad.
No porque
Milei tenga razón en todo.
Tampoco porque
sus adversarios tengan razón en todo.
Sino porque
por primera vez en muchas décadas una corriente de ideas que permaneció durante
largo tiempo en los márgenes intelectuales llegó al centro del poder político.
Eso obliga a
discutirla sin prejuicios.
Pero también
sin ingenuidad.
La
estabilización de la economía puede ser un logro.
La reducción
del déficit puede ser necesaria.
La disminución
de la inflación puede devolver previsibilidad.
El crecimiento
económico puede crear oportunidades.
Pero ninguno
de esos resultados responde por sí solo a la pregunta fundamental:
¿qué
sociedad se está construyendo?
Una sociedad
puede crecer y al mismo tiempo ser profundamente desigual.
Puede
estabilizar sus cuentas públicas y tener millones de personas con ingresos
insuficientes.
Puede reducir
la inflación y conservar niveles elevados de pobreza.
Puede tener
equilibrio fiscal y, al mismo tiempo, jubilados que no pueden comprar sus
medicamentos.
Los números
macroeconómicos son necesarios.
Pero no son
suficientes.
La pregunta
final: ¿libertad para quién?
Quizás el
mayor desafío del libertarismo argentino sea responder una pregunta que parece
sencilla y, sin embargo, resulta decisiva:
¿libertad
para quién?
Porque si la
libertad significa que el Estado no debe interferir en la vida de los
individuos, la respuesta debe valer para todos.
Para el
empresario y para el trabajador.
Para el
propietario y para el inquilino.
Para el
inversor y para el jubilado.
Para quien
tiene capital y para quien sólo tiene su fuerza de trabajo.
Para quien
puede esperar y para quien necesita comer hoy.
Si el Estado
se retira cuando se trata de proteger al vulnerable pero interviene cuando se
trata de disciplinar sus ingresos, no estamos ante la ausencia del Estado.
Estamos ante
una determinada utilización del Estado.
Y ésa es
quizás la contradicción más profunda del libertarismo en el poder.
Milei llegó a
la Presidencia prometiendo devolverle la libertad al individuo.
La historia
juzgará si esa promesa terminó ampliando efectivamente las posibilidades de los
ciudadanos o si, por el contrario, terminó produciendo una sociedad en la que
la libertad económica existe fundamentalmente para quienes tienen los recursos
necesarios para ejercerla.
Porque una
cosa es reducir el Estado.
Otra, muy
diferente, es reducir la protección de quienes menos tienen.
Y hay una
diferencia todavía mayor:
una
sociedad verdaderamente libre no es aquella en la que el Estado simplemente deja
de intervenir; es aquella en la que ningún poder —ni el Estado, ni el mercado,
ni el dinero, ni el gobierno de turno— puede convertir la necesidad de unos en
la libertad de otros.
Ésa debería
ser la prueba definitiva del libertarismo argentino.
No cuánto
Estado logra destruir.
Sino cuánta
libertad real consigue construir.