
LA FAMILIA JUDICIAL
Mucho se habla y escribe acerca de la independencia
interna y externa del poder judicial, Eugenio Raúl Zaffaroni lo hace en su libro Estructuras judiciales.
Se denomina de esa manera a los sectores corporativos del
poder judicial. Julio Cruciani, juez con mucha exposición mediática en los 90, en
alguna entrevista radial que le hice para ORAL Y PÚBLICO, afirmó que nunca fue
presionado por la política pero si por colegas de la justicia (https://www.abogarte.com.ar/oral-y-publico,-emision-del-17-3-1995.julio-cruciani,-independencia-judicial.html )
Del mismo modo que no me es extraño el lawfare, por
haberlo padecido, no lo es la reacción corporativa, La reacción desmedida,
ilegal, ilegítima e inmoral de sectores judiciales que toman revancha ante
acciones que por alguna razón les molestan.
En un caso personal, hace muchos años, con quien era mi socio, pedimos la formación de
un Jurado de enjuiciamiento para que se examinara la conducta de algunos
jmueces que, para nosotros, habían incurrido en mal desempeño.
Esto ocurrió en la Provincia de Buenos Aires donde rigen
las Normas de ética que regulan ese aspecto de la actividad de los y las
profesionales del derecho.
Esas normas determinan un derecho deber, que los abogados
que verifiquen inconductas judiciales deben denunciarlas y en ese caso deben
ser acompañados por sus colegas.
Bueno, eso dice la ley. La realidad va por otro lado. Las
normas de aquella ley de enjuiciamiento fueron violadas de muchas formas. Todo
urdido por algún funcionario del más
alto rango judicial de la Provincia, de manera de escarmentar a quienes se
animen a denunciar a un juez y, de paso, para sentar la base para una
jurisprudencia que en el futuro impida o dificulte seriamente, procedimientos
similares. Y así ocurrió efectivamente.
Por su parte el acompañamiento que la ética impone a
nuestros colegas, no se dio en aquel momento. Quedamos, sin quererlo, solos
frente a un poderoso rival que no buscamos.
De nuestro lado, la ley. Poca cosa en realidad.
Ocurrió lo que antge ese panorfama, era inevitable.
Rechazo in limine de la acusación con la calificación de que habíamos actuado
con conocimiento de nuestra sinrazón. Listo, tiodop servidso en bandeja para un
buen juicio de daños y perjuicios.
Obviamente dos de los jueces nos demandaron. Un par de
jueces se excusaron por decoro, otro no tuvo recato y resultó, nuevamente, lo
inevitable. Prosperaron las dos demandas, por el importe reclamado, ni un peso
menso, 50 mil dólares para uno, 40 mil para el otro.
Las apelaciones fueron rechazadas en todas las instancias.
Recurrí a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y
durante décadas hice presentaciones, ampliaciones, peticiones, “emboscadas”.
Cómo que emboscadas? Aquí la explicación. El comisionado de aquella época para
Argentina era Bob Goldman, qujien periódicamente visitaba en país acompañado
por Jorge Taiana que era para esa época Secretario ejecutivo de la CIDH.
Goldman se alojaba en el Hotel de las Américas, yo me instalada en el hall de
entrada y cuando aparecía lo abordaba.
Goldman es un norteamericano afable y aporteñado, un
excelente profesional de muy sólida formación en derechos humanos a quien me
honra haber tratado.
Toda esa insistencia fue obteniendo que la CIDH declare
admisible el caso, que luego emitiera un lapidario informe de fondo y que más
adelante presentara el caso ante la Corte Interamericana. En unos días podré
comentarles los términos de la sentencia, próxima a ser conocida.
Ahora bien, cuando tocó a los jueces que nos demandaron
absolver posiciones en el juicio de daños y perjuicios, le preguntamos por qué
habían desplegado en la mesa de entradas de la Cámara de Apelaciones, copia de
la resolución del Jurado de enjuiciamiento que rechazaba nuestra denuncia.
La respuesta fue sorprendente: para conocimiento de la
familia judicial.
Qué es la familia judicial le preguntamos y respondió: los
magistrados y funcionarios, los que tenemos poder de decisión
Los parientes pobres de esa familia, los que laburan,
quedaron afuera
Carlos López De Belva